La piedra filosofal

>> martes 8 de septiembre de 2009

Era el continente de las animadversiones. Los colombianos no se hablaban con los venezolanos. Desde Caracas se sacaba la lengua hacia Brasilia. Quienes se pelearon con La Paz a causa de la nacionalización -del otro lado- del gas, que ahora se podía apellidar boliviano. Hacía años que Bolivia y Perú andaban a la gresca por culpa de una salida al mar. Sería cosa del Perú, pero los ecuatorianos también le reclamaban unas tierras. A las Guyanas nadie las hacía caso por aquello del qué dirán y de que en el fondo pertenecían a Europa. Chile se estaba haciendo mayor y negociaba Tratados comerciales en sus primeros paseos a la luz de la luna. Paraguay, empreñado como estaba con Brasil por la población guaraní, estaba cansada de estar todo el día haciendo de paraguas del Uruguay. Y Argentina... Argentina... ¡zas!

De pronto todos cayeron en la misma conclusión. Argentina era la pieza clave en la unión de los pueblos latinoamericanos. Desde el Canal de Panamá al Cabo de Hornos. Desde Recife hasta las islas Galápagos. Por toda parte del continente corría la noticia de voz en voz. Argentina era la pieza clave y en el cónclave de líderes sudamericanos que tendría lugar el mes que viene en un pueblo secreto de la selva amazónica, justo en el centro de todo, se resolverían los conflictos. Allí acudieron todos los políticos y empresarios que pintaban algo. Las sedes de los gobiernos y de los ministerios nacionales quedaron desiertas pues todo el mundo había acudido a la reunión. Nadie se la quería perder.

Y de allí mismo salieron con el acuerdo. Y todos sonreían a las cámaras de televisión y de fotografiar que encontraban a su paso. Y cada uno veía el futuro de la más emocionante manera. Y sus Estados dejaron de existir. Y se anunció un nuevo y único Estado, cuya capital sería construída en la amazonía, que traería la paz y la prosperidad a los pueblos, la nueva y brillante República Sudamericana de Todoscontralosargentinos.

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El guitarrista de mi grupo es gilipollas

>> sábado 4 de julio de 2009

Eve apuró el pitillo. Le parecía que la habitación no tenía aún el suficiente humo. El periodista hacia tiempo que esperaba paciente la respuesta de la solista. Ahora que se fijaba bien, le parecía algo más baja de lo que había imaginado. Sin duda mucho más mortal. No paraba de buscar una mirada que le diese un indicio de algo. Pero Eve no tenía prisa. Se recostó en el sofá hasta hundirse. Respiró profundamente y abrió la boca vocalizando sin que su diafragma expulsase aire alguno. Parecía que iniciase los ejercicios que realizaba antes de salir al escenario. En su mirada perdida veía con claridad aquella primera vez, en el polideportivo de su instituto, que se subió a uno. Nerviosa, sus compañeros la tranquilizaron diciéndole que sería igual que en el garaje en el que ensañaban semana tras semana. Pero ella deseaba que fuese mucho mejor. El concierto fue un desastre. Las copas de más que le hicieron al batería perder el ritmo en más de una ocasión y lo distorsionados que se escuchaban los amplificadores, consiguieron que los desafinados intentos por cantar de Eve pasaran casi inadvertidos. “Nadie recuerda su primer polvo como el mejor”, esa fue la frase que Rolling Stone publicó en portada casi quince años después cuando Kish dio comienzo a su gira mundial. Una frase que ella odiaba haber pronunciado.

Eve se mordió el labio inferior. Sabía que nada de lo que ya ha pasado tiene remedio. Creía que sólo las cosas buenas se podían estropear con el tiempo. Muy pocas veces las malas tenían solución. Por eso dejaron de impórtale las veces que amaneció desorientada tras una noche de excesos. Las fiestas universitarias se convirtieron en locales de ensayos en los que probar nuevas canciones y estilos en busca de una identidad propia. Sólo en el último año de la Universidad, cuando la vida real amenazaba con disipar el sueño, decidieron tomarse el asunto en serio. Ensayaron hasta la extenuación. El repertorio, los tonos, los ajustes… Eve agitó suavemente su cabeza… en dos ocasiones estuvo a punto de abandonar el grupo. No podía recordar ningún buen momento de aquellos meses. Por eso siempre hablaba de las fiestas de las hermandades, las anécdotas de la carretera en busca de un nuevo local en el que cantar, el esfuerzo por reunir el dinero para grabar una primera maqueta con calidad. Cualquier cosa menos entrar en su intimidad. Sólo hace un par de años, con el imperioso consejo de sus productores, y en un intento por relanzar su carrera, concedió una entrevista a People para hablar de todo aquellos que únicamente ella conocía. La cara “b” de todos sus discos.

Como si del contacto de un Cadillac se tratase, de pronto, un día, todo arrancó. Una llamada, un productor y un estudio de grabación en Los Angeles. Todo sucedió muy deprisa. Eve no podía recordar el nombre de la mayoría de las personas que conoció esos primeros años. Lanzamiento de su primer disco, promoción, giras por todo el país y éxito tras éxito. Como una cascada de acontecimientos que no se puede parar llegó el segundo y el tercer álbum, el número uno de ventas y las comparaciones con las bandas míticas de la historia. Cuando preparaba el equipaje para la que sería su primera gira mundial, más de treinta países en seis meses, recibió una llamada de su padre. Su madre había muerto. El funeral sería al día siguiente. Justo cuando Eve embarcaba en un avión rumbo a Europa. Dos meses en una clínica y cientos de sesiones de psicoterapia volvieron a ponerla lista para grabar después de aquella gira. Los años dorados habían llegado. Cansados y produciendo discos sumamente comerciales, Kish realizó dos giras mundiales más y vendió millones de álbumes.

Para los siguientes álbumes se vieron obligados a comprar temas de otros compositores y a realizar algunas versiones. Después de veinticinco años juntos no eran capaces de sentarse a componer ni un estribillo. Los abogados y productores negociaban cada excentricidad como si fuese la última de una larga lista. En la prensa se dejaban todo tipo de recados que no tardaban mucho en ser contestados. Más cuando los últimos trabajos no funcionaron bien en el mercado. Fue en ese momento en el que los gritos, las peleas, las acusaciones… se hicieron públicas. Kish protagonizó más portadas que nunca. Sin embargo, los constantes rumores de separación nunca terminaron de confirmase. Un fuerte contrato ataba a los componentes del grupo a la voluntad de unos productores que dejaron dormir una temporada a la banda a la espera de unos tiempos mejores que llegaron con un disco recopilatorio y una nueva gira mundial. La polémica vendía casi tantas entradas como un buen tema. Por eso se concedieron decenas de entrevistas a diversos medios para desentrañar las intimidades de la banda en la búsqueda del respaldo de un público nostálgico y morboso. Otro éxito del marketing.

Eve miró al periodista al tiempo en el que se preguntaba si estaba en Londres o ya había llegado a Berlín. Se incorporó mientras palpaba la mesa en busca de otro cigarrillo.

- No. Yo nunca habría hecho esta gira.
- De acuerdo… - repasó sus notas - Peter Barker, el guitarrista del grupo y compositor de muchos de sus grades temas, ha declarado que si usted, y cito textualmente, ‘no hubiese sido una colgada depresiva con aires de grandeza, no se habría aniquilado el alma de Kish y habrían pasado a la historia de la música como la mejor banda de rock de la historia y no como unos putos mercenarios’. Luego continuó acusándola de haber buscado un fuerte protagonismo en los medios identificando la banda únicamente con usted, de influir negativamente en la elección de los temas y de prostituir el espíritu del rock ¿Qué opina de estas afirmaciones del Sr. Barker?

La solista no hizo ningún gesto.

- Creo que el guitarrista de mi grupo es gilipollas.

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Clarísmo

>> martes 30 de junio de 2009

No lo tenía claro. Y tenía muy claro que no lo tenía claro.


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Entre la tormenta de arena

>> martes 16 de junio de 2009

El viento agitaba el polvo que días atrás se había posado sobre las rocas. El cielo cuajaba en un azul turquesa amenazante de tormenta. Nadie la habría visto venir si aquél rayo no hubiera avisado y el trueno que lo perseguía no hubiera sido tan torpe de delatar su posición. Y todos allí, los treinta y nueve, esperando a que él viniera.

Cargados hasta los dientes de bolsas de tela anudadas con un cordel por su abertura, apenas podían aguantar en pulso por más tiempo. Todos parecían resistirse a dejar caer el peso al suelo, quizás por superstición, pero al final, uno a uno, empezaron a levantar ese pequeño polvo que producía el contacto de la tela con la tierra. “Uffs” decían muchos. Habían sido muchos kilómetros cargando por el camino, y muchos minutos esperándole a la puerta. Pero seguía sin aparecer.

Todos se habían encontrado por una parte del camino u otra. Varios de sus puntos de partida compartían rutas y eso había hecho el largo penar de las millas un poco más agradable. Los más jadeantes eran aquellos diez encargados de la zona Este, donde las montañas les habían obligado a abandonar la caballería mucho antes de lo que hubieran deseado. Bajándose de sus monturas, como tarde o temprano habían tenido que hacer todos, cargaron los pesados enseres sobre sus quejumbrosas espaldas. Tan sólo la esperanza en que la mercancía del resto de compañeros hiciera aumentar la ganancia propia lograba darles fuerzas suficientes para aguantar el dichoso peso.

Comenzaba a llover insistentemente descargando ese respirar contenido de la atmósfera, y quienes cargaban en su mayoría telas preciadas buscaron refugio en algún saliente de la roca. Nadie les disputó el puesto, claro. Cuando comenzaron los murmullos y los cuestionamientos sobre la necesidad de buscar posada en el pueblo más cercano e incluso sobre qué pueblo era más cercano y sobre la conveniencia de ir todos juntos o por separado, apareció él.

Con mucho, el más bajo de entre todos, su figura era la más frágil. Con gafas de cristal gordo y una calva de esas que se quedan a mitad de cabeza, como si la calvicie se lo hubiera pensado mejor a mitad de camino. Unas prominentes arrugas le hacían de tupé y lograban infundirle una gran respetabilidad cuando hablaba con seriedad. Las mismas arrugas que lo delataban cuando, en situaciones como esta, trataba de ocultar su propio desconcierto. No venía cargado con ninguna bolsa de tela, pues su cometido no era ese. Caminaba despacio, mirando directamente a la roca y rascándose insistentemente la calva arrugada, que parecía tener textura de piel de patata.

Al aparecer en su campo de visión, todos, los treinta y nueve, empezaron a mirarse esperanzados. Ahora acabarían los pesares, se decían con la mirada. Llegaba la parte más dulce, expresaban sus sonrisas. Sin embargo él parecía no haber reparado en la presencia del impaciente grupo. Ensimismado en sus pensamientos, murmurando por lo bajo la misma frase una y otra vez, todavía inaudible para ellos, daba varios pasos en su dirección y luego, de repente, volvía sobre sus pasos como recordando algo. Pero no encontraba lo que buscaba, y eso hacía que las buenas perspectivas del grupo comenzaran a convertirse en especulaciones individuales que buscaban complicidad grupal en las miradas de los demás.

Poco a poco él se acercaba al grupo. Acelerando los pasos, con la mirada vuelta hacia ellos pero con los ojos vacíos salvo por un recodo de la piedra, levantó el dedo índice de la mano derecha indicando que, ahora sí, había recordado. Llegado al punto en cuestión de la roca, todos los que allí estaban se apartaron para dejarle acercarse. Posó sus dos manos húmedas sobre la fría piedra. El agua que caía rodaba por entre las arrugas de sus diminutas manos. La vista pendiente de reconocer un saliente tantas veces acariciado. Miraba sin girar el cuello, sólo moviendo sus ojos en las concavidades. Finalmente sonrió para sí mismo, dio un par de pasos atrás y, acompasando un movimiento bascular de su dedo índice, de arriba abajo, dijo en voz alta la frase que todo el camino venía repitiendo.

- ¡Ábrete Sésamo!

Todos aguantaron la respiración. Se volvieron a cruzar miradas y sonrisas de nerviosismo y de entusiasmo. Y aguantaron con los puños cerrados los eternos cuatro segundos que pasaron hasta que él volvió a hablar para sí mismo.

- ¿Dónde se habrá metido esa maldita cueva?

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El interrogatorio

>> viernes 5 de junio de 2009

- Llego tarde.
- ¿Dónde llega tarde? – preguntó el policía con auténtico rigor inquisitivo.
- A mi muerte.
- Creí que sería algo importante.
- Sí. En realidad no lo es, pero lo vas dejando y al final, por unas cosas y por otras, no llegas y claro, digo yo que la muerte también tendrá unos horarios.
- Ya, y no quiere usted que se moleste. No sea que tome represalias.
- Imagínese.
- Yo, para estas cosas, tengo una agenda donde apunto mis citas. Un regalo de mi hija. Me regaló una agenda y un caballito de mar.
- ¿Un caballito de mar?
- Sí. Mi hija es rara. Es una visionaria.
- ¿Qué ve?
- La televisión. De momento sólo la analógica. Está cogiendo cupones de un periódico para comprar con un descodificador de TDT.
- ¿Cuántos cupones le falta?
- Unos doscientos. Pero no importa. La promoción acabó hace un año.
- Entiendo. Buen mérito el de su hija.
- Eso no es nada. Más mérito tuvo mi mujer, que la parió con nueve años.
- Su mujer tuvo a su hija con nueve años.
- No diga usted estupideces. ¿Cómo va a ser eso?
- Ah.
- Digo que mi mujer tuvo una niña de nueve años.
- Caray! Sí que es meritorio lo de su mujer. ¿Y qué dijo el médico?
- Me pidió que le pasara el azúcar.
- ¿De verdad?
- Sí. Estábamos desayunando y me pidió que le pasara el azúcar. A mi me molestó un poco. Pero soy de poco protestar.
- ¿Esperaba una opinión más profesional del médico?
- No. Es que verá usted, después de llevar viviendo con nosotros nueve años, digo yo que ya podía saber donde guardamos el azúcar. O habérselo pedido a mi hija. Total, a él ya le llamaba papá mucho antes que a mi. Ya tenían confianza.
- Yo por eso no tengo hijas. No vaya a ser que no me traigan el azúcar.
- Hace usted muy bien… ¿Dónde iba con tanta prisa?
- Ya se lo he dicho antes. Tengo una cita con la muerte.
- Cierto. Me lo ha dicho. Tiene alguna prueba que lo demuestre.
- Sí. Míreme bien.
- Le miro.
- ¿Y? ¿No lo nota?
- No. En absoluto. ¿Qué debo notar?
- El tono de mi piel.
- ¿Qué le pasa al tono de su piel?
- Que está en “La”.
- ¿Preferiría una octava superior?
- No creo que llegue tan alto.
- Inténtelo.
- De acuerdo – aspiró aire abriendo al máximo su diafragma y poniéndose de puntillas – No puedo – dijo desinflándose – Ya le dije que no podría.
- No lo ha intentado usted con ganas.
- Le aseguro que sí.
- Pues entonces cambie de tono. Quizás la muerte no lo note.
- Tiene muy buen oído.
- Eso dicen.
- Una vez dos hombres intentaron engañarla subiéndose el uno al otro.
- Y qué pasó.
- Que los descubrió. Figúrese, les pidió un si y ellos le dieron un no.
- Claro. Así es imposible.
- Lo peor vino después. Les castigó a vivir cinco años más.
- ¿Entonces le multo o no le multo?
- No sabría decirle. ¿Por qué me dio el alto?
- Me aburría. Verá. Tengo una jornada de ocho horas. Y a mi esto de ser policía me aburre. No me gusta. Yo en realidad quería ser domador de caballitos de mar.
- ¿Por eso le regaló su hija uno?
- No. Ella lo hizo porque es rara. Ya se lo dije antes.
- Pensé que…
- ¿Usted tiene por costumbre pensar?
- Sólo de diez y cuarto a once menos veinticinco.
- Mejor así. Si no me vería obligado a detenerle.
- ¿Por pensar?
- Sí. Tengo un sudoku en comisaría que no soy capaz de resolver. Puse a todos los presos del calabozo a pensar en la solución, pero uno de ellos, que debía ser medio tonto, se rindió y se metió en política. Menudo follón me montó su mujer.
- Pues le advierto que los sudokus son lo mío. Los resuelvo mientras hago el pino puente.
- A mi mientras me resuelva el C-5 como si hace tiempo para el té.
- Pues creo que es agua.
- No puede ser. Lo tengo como portaviones tocado.
- Pues siga usted con el C-6. Probablemente tenga colocado el barco en esa dirección.
- ¡Queda usted detenido por atentar contra la armada!
- ¡Vaya! Me viene muy mal una detención en este momento.
- A mi también. Tengo que recoger a mujer del museo.
- ¿Ha ido a visitar el museo?
- ¡Qué va! Se expone a sí misma como el eslabón perdido. Son unas cuantas amigas. Van allí, se sientan y hacen punto mientras mi mujer les cuentas chismes míos.
- ¿Tampoco tuvo suerte con su mujer?
- Ya puede imaginar que no mucha.
- En fin, no le entretengo más. No sea que su mujer pase a la colección permanente.
- Muchas gracias. Le agradezco la atención.
- Espero haber sido de entretenimiento.
- Mucho. Espero repetir mañana.
- Lo veo difícil. Recuerde… mi cita con la muerte.
- Claro. No había caído en ello. Pues me hace usted una faena muriéndose ahora.
- Ya. No crea que no lo siento.
- Para una vez que encuentro a alguien interesante…
- Gracias por la parte que me toca.
- En fin. Que usted lo lleve bien. No olvide abrigarse.

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Actuar con discreción

>> lunes 1 de junio de 2009

Abre la maleta con cuidado. No sería la primera vez que la redecilla se ha soltado y se le cae todo por el suelo. La redecilla sigue en su sitio y, por lo visto, nada se ha roto. El frenazo del tren hizo caer la maleta nada más salir y se ha pasado lo que quedaba de trayecto angustiado, pensando qué se habría roto. Resistiendo el impulso de ir al baño con la maleta para abrirla y comprobar su estado. Pero sabe que esto habría sido raro, además de muy incómodo, la enorme maleta apenas entraría en el pequeño espacio de los servicios del tren, y no quiere llamar la atención.

En el andén, más o menos escondido detrás de la cabina telefónica, ha comprobado que todo sigue intacto, ha vuelto a cerrar las correas y se pone en camino. Trata de andar sin llamar la atención, ni demasiado rápido ni demasiado lento. Discreción y corrección. Buenos días y por favor. Tocarse ligeramente el sombrero como despedida, y dejar, incluso en las más casuales de las conversaciones, una buena impresión, de esas tan correctas que en menos de diez minutos están olvidadas.

En un lugar discreto de una calle ancha, mete la mano en el bolsillo interior de la americana de cuadros y saca un mapa, y lo desdobla mientras comprueba la hora en su reloj de bolsillo: faltan unos veinte minutos y el lugar no está lejos. Continúa su camino, como si paseara, y le duele darse cuenta de que es objeto de las miradas curiosas de los vecinos. Esto le pasa por aceptar trabajos en pueblos tan pequeños, donde por discreto que sea uno siempre llama la atención.

Frente a la puerta, comprueba que la dirección sea la correcta: número setenta y dos, tercer piso. Entra en el portal, empujando la puerta, y llama al ascensor. El portero lo mira distraídamente. Y él le da un poco la espalda, nada evidente, pero trata de no mirarle y de que el otro pierda interés. Resiste el impulso de abrir una vez más la maleta para comprobar el estado del material. Por fin se abren las puertas del ascensor, el portero aún le mira. No sabe definir si con cara de curiosidad o simplemente porque es la única persona que ha entrado en el edificio en todo el día, o si incluso lo mira sin apenas reparar en él.

Pulsa el botón del tercer piso, y al levantar la vista se encuentra a sí mismo en el espejo, lleva impecable el maquillaje. Y se dice: saldrá bien, ya verás. Es el cuarto aniversario en una semana y todos han salido estupendamente. No hay motivos para pensar que nada vaya a fallar. Se ajusta un poco la peluca y la nariz y sale del ascensor procurando no tropezar con los enormes zapatos, mientras oye apagado por la puerta aún cerrada este sonido inconfundible, agudo, inconstante, inevitable de niños chillando en una fiesta infantil.

(aquí había una foto de unos zapatos, pero Elena se quejó de que fastidiaba el cuento, de manera que la tuve que quitar)

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El escondite

>> lunes 25 de mayo de 2009


No tenía nada de especial el parque. Jaime acudía cada tarde. Veía a muchos de sus compañeros de clases, a otros niños y niñas con los que jugar. Los columpios. La pelota. Correr por el césped. A los cinco años de edad es fácil divertirse con cualquier cosa. No se presta atención a demasiadas cosas más allá del propio universo.

Uno de sus juegos favoritos era el escondite. Jaime conocía un escondite perfecto. Cuando sus compañeros de diversión contaban hasta diez, él corría veloz debajo de un arbusto con forma de cuenco invertido, se tiraba al suelo y se introducía bajo sus ramas, quedando oculto para el mundo. Un lugar perfecto en el que jamás le encontraban y desde el que salía, una vez que se aseguraba de que no había nadie a su alrededor, para salvar a sus amigos. Una destreza que le hizo ganar una enorme popularidad. ¡El mejor jugando al escondite!

Jaime adoraba bajar cada día de verano al parque. Podía jugar más tiempo ya que los días eran más largos. Corría, chillaba, reía y, sobre todo, se escondía de las miradas de sus amigos cuando le buscaban en el escondite. A veces, sólo para ver qué hacían los demás niños, era capaz de esperar hasta el último momento para salir y sorprenderlos a todos. Era, sin duda, su juego.

Un día, de pronto, cuando Martín, otro de los niños del parque, contaba hasta diez apoyando su cabeza contra el tronco de un árbol, Jaime se percató que de una niña, una tal Marta de la que poco sabía, se dirigía a su escondite favorito. Sin dudarlo la siguió de cerca para ver si se metía bajo su arbusto. Y así lo hizo. Sorprendido, Jaime no pudo sino correr en busca de un nuevo lugar en el que protegerse de la mirada de un Martín que ya debía haber acabado su cuenta. Aunque no fue el primero en ser encontrado, lo cierto es que Jaime no pudo aparecer en el último momento para salvar a sus compañeros. Fue descubierto en quinto lugar. Toda una novedad. Jaime había sido destronado por Marta que, naturalmente, salió la última con el consiguiente reconocimiento de sus amigos de juego. Jaime rabiaba en su interior ante las burlas de aquellos que hasta hace un sólo día le admiraban. Sin embargo, tenía la firme convicción que al día siguiente el orden se reestablecería. Él ocuparía su habitual escondite y Marta encontraría otro. Así de sencillo. Y se fue plácidamente mientras su madre le cogía de la mano.

Sin embargo, el día siguiente llegó y lo hizo con una repetición de la jugada de Marta. Nuevamente, cuando Jaime se disponía a dirigirse a su escondite, vio como la pequeña se volvía a adelantar y quedarse con su escondite perfecto. Él, naturalmente, no se atrevía a decirle nada a Marta. Si reclamaba la propiedad del arbusto ella podría decírselo a los demás y todos conocerían el lugar perfecto. Dejaría de ser especial. Al menos ahora, era sólo una persona la que lo conocía. Un daño menor.

Al día siguiente Jaime corrió por el pasillo de su casa hacia la entrada donde le esperaba su madre dispuesta a llevarlo al parque. Como si nada hubiera ocurrido los días anteriores, se reunió con sus compañeros que no dejaron de recordarle que había perdido en su juego favorito dos veces seguidas. Las mismas en las que una nueva reina emergente había triunfado. Pero nada alteró el rostro al pequeño Jaime. Otro de los niños emprendió la cuenta atrás y Marta, unos pasos delante de Jaime, corrió con cuidado hacia el arbusto secreto. Él, que ya imaginaba que esto sucedería, buscó otro lugar en el que esconderse.

No podía ser de otra manera. Jaime fue encontrado y Marta volvió a triunfar. Él, como uno más de sus compañeros, felicitó a la niña e inició otros juegos. Algo que sucedió varios días seguidos. Tiempo en el que Jaime fue observando a la niña que le había robado su gloria. Una niña castaña, ojos claros, de aspecto frágil y con una enorme sonrisa de dientes separados. Sin quererlo, se vio mirándola con total embriaguez mientras cada día se alejaba cruzando la calle camino de su casa. Nadie la acompañaba. Se preguntaba por qué nadie venia a buscarla. No podía imaginar que un día, de pronto, su madre no le cogiera la mano y le llevará a su casa. Aquella imagen le inquietó. Qué tendría aquella niña para ir sola a casa cada tarde.

Al día siguiente, después de perder en el escondite, Jaime volvió a sus otros juegos. Distraído en ello, se percató de que Marta se marchaba. La siguió hasta la entrada del parque y cuando empezó a cruzar la calle gritó su nombre: ¡Marta! La niña se giró, le miró y le sonrió. Él no hizo nada. Sólo esperó a que el coche que venía acelerando intentase frenar sin conseguirlo. La niña desapareció entre el estruendo del frenazo y el golpe de su pequeño cuerpo contra el morro del vehículo. La gente empezó a correr hacia la calle. Jaime desapareció ante una marea de gente que no paraba de gritar, sollozar, buscar ayuda y recoger a sus hijos.

Pasaron unos días sin ir al parque. Las madres se llamaron unas a otras intentando discernir cuando sería el momento adecuado para volver a llevar al parque a sus hijos. Un día, de pronto, la madre de Jaime le pidió que se vistiera para ir al parque. Así lo hizo. Cogió a su madre de la mano y fue tranquilo hasta el parque. Ella le pidió que tuviera cuidado. Él prometió tenerlo y se reunió con sus amigos junto al árbol en el que realizaban la cuenta atrás de su juego favorito. No estaban todos los niños pero sí los suficientes como para volver a jugar. Sin acordarse de los ausentes, uno de ellos inició la cuenta. Jaime, como era su costumbre, se ocultó en su escondite secreto y ganó el juego. El orden se había restituido y la sonrisa volvió a su rostro.

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Sobre este blog

“Desperté a su lado” es un blog dedicado a los relatos cortos. Sin ninguna pretensión artística y onírica. Escritos, sólo, para ser leídos. Que no es poco.

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